Fea
Tu hija es fea.
Conoce la pérdida íntimamente,
lleva ciudades enteras en su tripa.
Cuando era niña, la familia no quería cogerla.
Era madera astillada y agua de mar.
Les recordaba a la guerra.
En su quince cumpleaños le enseñaste
a recogerse el pelo como una cuerda
y a ahumarlo con ardiente incienso.
Le hiciste hacer gárgaras con agua de rosas
y mientras tosía, dijiste
las chicas macaanto como tú no deberían oler
a soledad o vacío.
Tú eres su madre.
Por qué no la avisaste,
la abrazaste como a un barco podrido,
y le dijiste que los hombres no la amarían
si está cubierta de continentes
si sus dientes son pequeñas colonias,
si su estómago es una isla
si sus muslos son fronteras.
¿Qué hombre querría tumbarse
y ver el mundo arder
en su dormitorio?
La cara de tu hija es una pequeña revuelta,
sus manos son una guerra civil,
un campo de refugiados detrás de cada oreja,
un cuerpo contaminado por cosas feas.
Pero Dios,
¿acaso el mundo
no le queda bien?

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